Érase una vez: Gombrich, el Cid y los corridos
Gombrich recuerda que la historia universal es una cadena interminable de momentos que empieza como un cuento, con un «érase una vez».1 Para Héctor la historia siempre es narrativa y depende del contexto; no se repite, rima. De ahí el salto que organiza el bloque: lo que hoy es el corrido antes fueron las epopeyas y los cantares, y en un sentido básico el Cantar de mio Cid es el primer corrido de la lengua española.3 Las jotas españolas se vuelven en México los corridos de Marieta, y el micro documental de Natanael Cano sobre corridos tumbados convierte esa herencia en algo épico: empieza en la Revolución y termina con «y aquí entro yo».4
Contar la historia es la forma de insertarse en ella: registrándola, estudiándola, difundiéndola o tergiversándola, según el bando. Juan desconfía de la dicotomía de buenos y malos —Maximiliano fue producto de sus condiciones históricas— y recuerda la manía escolar de hispanizar a Carlos Marx y Federico Engels para que la gente se identifique. El ejemplo de Garfield, cuyo autor dejó de dibujar insectos porque nadie se identificaba con ellos, muestra cómo la narrativa elige con quién podemos vernos.
Héctor lleva la identificación al rol. Los videojuegos de rol nos obligan a elegir un oficio, y la vida real perpetúa ese feudalismo: ahora tecnofeudalismo, porque la identidad se define por cómo produces dinero y se pregunta «¿a qué te dedicas?» antes que «¿cómo te llamas?». Bauman lo llamó modernidad líquida, una identidad que toma la forma del recipiente que la contiene.5